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Homenaje a José Luis Sampedro

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In Memoriam Jose Luis Sampedro
Jose Luis Sampedro (Photo credit: Sophoco)

Dios nos libre del día de las alabanzas, dice el refrán. En este caso, las alabanzas nunca tuvieron que esperar a ese día. Y hasta en la muerte tuvo la sencillez de su persona, la amabilidad de su pensamiento y la fluidez de su verbo.

En mi juventud, aunque no fue ese mi deseo inicial, estudié Económicas como muchas otras personas de mi generación. La Economía se estaba matematizando cada vez más. Modelos, números, complejidad. No me gustaba.

Un día, en Televisión Española vi a un hombre simpático, risueño, lleno de vitalidad. Ante mi asombro… ¡Estaba hablando de Economía…! Se llamaba Sampedro. Fue algo que me pareció increíble y me senté a verlo. Después de aquella entrevista, al día siguiente, fui a la facultad contento. Y convencido de que detrás de los números era verdad que había algo más… que debía haber algo más, las personas.

No contento con eso, el profesor Sampedro me tenía preparada una sorpresa aún mayor. Un reconocido economista como era, se convirtió en escritor. Pero no solo de ensayos de economía, sino de novelas. De unas novelas maravillosas y llenas de humanidad con las que nos ha hecho soñar. Aunque nunca dejó de ser “economista”, porque eso al final acaba marcándote, qué cambio de rumbo en su vida más transgresor en los momentos en que se produjo, de economista a novelista, de la seriedad a la fantasía.

Años más tarde me tocó enseñar a mí. Me acordaba de este hombre ejemplar  y le intentaba poner a esas clases toda la dedicación, pasión y disfrute que podía, tal como me imaginaba que él lo haría. No sé qué pensarían mis alumnos si alguno llegara a leer esto.

El profesor Sampedro fue guía en muchos momentos en la vida de miles de profesores y alumnos que le apreciábamos de una forma sincera, no sólo por sus logros sino por su persona, su enorme persona.

Demostró que la economía no es tan aburrida como la mayoría hace pensar al resto, que se puede cambiar de vida, que se puede vivir con ilusión y alegría. Nunca le llegué a conocer personalmente aunque tuve una ocasión inmejorable para hacerlo, pero no importa. Su forma de ser y sus obras nos han quedado para que podamos seguir teniendo ilusión por una economía más humana y una vida mejor.

Muchas gracias, profesor. Su cuerpo ya no está con nosotros, pero usted no morirá nunca.

Publicado por Manuel Zúñiga Hita

El nivel de la educación en España

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pizarraMucho revuelo en los últimos tiempos en la educación en este país, muchas voces exigiendo (de nuevo) cada una de ellas algo parcial y casi sectario. En otras ocasiones, exigiendo generalidades que no dicen nada salvo una apelación al populismo, a la justicia, a los derechos de la persona y demás excusas que suelen poner por delante de su discurso aquellos que no tienen verdaderos argumentos salvo su conveniencia o su cabezonería.

Sin embargo, hay una sola realidad: el fracaso absoluto de las políticas educativas como demuestran una y otra vez los niveles de los alumnos españoles en las pruebas que se realizan en el ámbito europeo o mundial. Falta de comprensión, falta de capacidad de argumentación, falta de capacidad matemática y abstracta… ¿Para qué seguir? Lo peor es que estos resultados no indican que los alumnos españoles tengan más o menos acumulación de conocimientos. Lo peor es que la falta de estas capacidades, indica que no están preparados para afrontar la vida tal como es en su más cruda realidad.

Y esto que digo, no lo hago sólo porque haya visto los resultados de estas pruebas comparativas en los medios de comunicación. Desgraciadamente, lo experimenté durante trece años cuando impartía una asignatura de primer curso en la Universidad. Era una asignatura de Economía dura, “la Micro”. Bueno, dura los primeros años, luego la primera reforma universitaria cambió el nombre, los contenidos y la reblandeció casi para que no sirviera de nada. Se convirtió así en “Principios de Economía”, una asignatura más “genérica”, más “insulsa” y algo muy importante, “más fácil” claro, adaptada al nivel de los cerebros con encefalograma cada vez más plano que nos llegaban un año tras otro.

Como yo daba clases como asociado por la tarde porque en esos momentos trabajaba también en otra empresa, algo que fue luego mal visto y casi perseguido por la Universidad, tuve la suerte de contar entre mis alumnos con personas mayores, trabajadores, autónomos o empresarios, que se matriculaban para progresar en sus ámbitos profesionales. Además, parte del alumnado era también “especial” ya que la globalidad de “estudiantes profesionales” quedaba en el turno de mañana y los de la tarde aparecían en este turno por una gran diversidad de razones. Por ejemplo, por una inquietud de poder buscar trabajo por la mañana, o por asumir algún tipo de responsabilidad familiar, o por asistir a otro tipo de actividades complementarias. Pero también, de los 80 a 100 alumnos que tenía en mi lista, de los que asistían normalmente a clase entre 20 y 30, los había que estaban en este turno porque ya no había sitio en el de mañana.

Con esta tesitura, comenzaba las clases de una asignatura dura con la que disfrutaba en las cuatro horas lectivas de cada semana intentando transmitir las entrañas del funcionamiento de la Economía. Avanzaba en el programa de la asignatura, que tenía la lógica de años, muchos años de enseñanza a sus espaldas, con referencias en España como la del profesor Castañeda, y, más pronto o más tarde, llegaban los exámenes. Todos mis alumnos eran conscientes de que los exámenes iban a ser exigentes, adecuados a lo que se espera de los profesionales que debían ser una vez finalizada la carrera. Y no me gustaba especialmente el tipo “test”, consciente de la quiniela que suponía en muchas ocasiones. Prefería que la gente se EXPRESARA, que fuera capaz de explicar abiertamente aquello que le preguntaba, que usara sus propias argumentaciones. Suponía que toda la educación recibida hasta los dieciocho años tendría que haber servido para abrir las mentes, para que fueran capaces de asimilar conocimientos, conceptos abstractos, de concretar, de sintetizar y también de analizar.

Cuando vi los primeros exámenes tuve una sensación que estaba entre el asombro y la tristeza, entre la sorpresa y la desesperación más absoluta. ¿Qué había pasado? ¿Cómo después de tanta dedicación e ilusión por enseñar el resultado era ese? Nunca tuve un porcentaje de aprobados superior al veinte por ciento. Claro que el problema podía ser mío. Podía ser un pésimo profesor y no haberme dado cuenta. Pero claro, todos los profesores a la vez no podíamos ser tan malos. Alguno bueno habría en el claustro. Y además no era eso lo que decían algunas encuestas de mí, respondidas por los propios estudiantes, y que pude comprobar pasados los años cuando estaba ya a punto de cerrar esa etapa profesional en la Universidad.

Una inmensa mayoría de estas personas mayores de edad, que llevaban estudiando toda su vida, era INCAPAZ DE EXPRESARSE en condiciones de transmitir una idea. Pero ya estaban en primero de carrera, no se podía volver a empezar con ellos y, si el nivel de la Universidad era el correcto, un nivel exigente que proporcionara una adecuada preparación, lo iban a pasar muy mal en los próximos años. Pero nosotros éramos los profesores de Economía, Derecho, Sociología, etc, no los de lectura, expresión oral y escrita, Lengua y Matemáticas. Todo esto tenía que haberse resuelto en los dieciocho años anteriores.

En los años posteriores todo empeoró. Cada vez capacidades menos desarrolladas, menos interés, más dejadez y por supuesto más exigencia de derechos. Como si plantear un nivel elevado en los exámenes supusiera una afrenta. Si un alumno no aprueba es porque el profesor es malo o el nivel inadecuado. Nunca porque el alumno es un incapaz. Y el profesor… que tuviera cuidado, porque si no entraba en cintura, quizás era mal valorado luego en las encuestas y podía tener problemas.

La respuesta del sistema educativo no fue aumentar la exigencia y la disciplina en los niveles inferiores, no. La laxitud se generalizó, el mimo al alumno se extralimitó, la autoridad de los profesores fue cuestionada y eliminada, los padres, tampoco ayudaron a que los alumnos mantuvieran el respeto y la cordura mínima que exigía el sistema, y los programas se adaptaron, con mucha pedagogía, eso sí, para nuevas formas de aprender, nuevas asignaturas y todo muy “light”, no fuera a ser que a alguien se le acusara de ser un defensor de aquello de “la letra con sangre entra”.

Para que no fuera así, todas las facilidades, si hay que bajar el nivel para que los niños no se esfuercen tanto y protesten, se baja. Si hay que reducir el número de horas, se reduce. Si hay que examinar cada dos temas porque no pueden estudiar cinco juntos, se hace. Si hay que regalar un ordenador portátil a cada uno, se regala. Si hay que reducir el número de alumnos casi a clases particulares, se reduce. Total, estamos en vacas gordas y sale dinero de todas partes… y si no, nos endeudamos y no pasa nada… porque tenemos la excusa perfecta y nadie se atreverá a discutirla: “es por la educación de nuestros hijos que es lo más importante, que es el futuro del país”.

Esta turba de hipócritas es la que ha regido los destinos de la educación en España y que ha vendido esto como una mejora de la calidad de la enseñanza y un paso más del “Estado del Bienestar”. Si tener menos horas lectivas, que los exámenes sean más fáciles, que no se pueda poner un cero por gañán que se sea, que los alumnos pasen y pasen de curso sin problema, que se tenga “libertad” para replicar a un profesor, para no hacer los deberes de toda la vida y para no valorar lo que la educación significa… si todo esto es una mejora de la calidad y del bienestar, el objetivo en estos años se ha conseguido al cien por cien.

Pero, por torpes que seamos, todos sabemos que no es así. Cuando no hay esfuerzo y dedicación. Cuando no hay horas y horas para llegar al conocimiento. Cuando no hay una disciplina y una exigencia que marque límites y objetivos. Cuando no hay una actitud de firmeza por parte de docentes y padres. Cuando no hay una actitud de entrega por los alumnos, sintiéndolo mucho, NUNCA podremos llegar a tener personas preparadas.

La calidad en la educación no está sólo en los ratios y en los materiales. Si se pueden tener, mejor. Pero la verdadera calidad siempre está en las personas que intervienen, en la dedicación de los docentes, en la actitud de los alumnos y en el apoyo de los padres. Sabemos que lo que he descrito antes no es “bienestar”, es una especie de letargo que produce una satisfacción más cercana a la del animal que a la de la persona, como ocurre con el caballo que se libra de una carrera aunque haya un toque de espuela o del perro que se zafa de una orden. Si las cosas siguen así, acabaremos por no querer ni al caballo ni al perro. No hagamos lo mismo con las personas, no nos creamos que ese letargo es bienestar, no nos creamos que no hacer lo que dice el profesor es un logro de la libertad porque el profesor es un elemento represor del sistema.

La verdadera satisfacción llegará a la persona cuando vea los resultados de su esfuerzo a lo largo de su vida. Llegará cuando vea todo el trabajo que tuvo que hacer para conseguir sus objetivos. Entonces se dibujará en su cara una sonrisa indescriptible, agradeciéndose a sí misma todo lo realizado. Sonreirá por los buenos y los malos momentos, y se acordará de los profesores “duros”, aquellos que le exigieron y con los que consiguió superarse. Aquellos blandos con los que “no había problema” no se recordarán porque lo importante no será tanto lo aprendido como la capacidad de esfuerzo que se llevó a cabo. Y si no, ¿por qué no pensamos un poco en ello, a ver a quién recordamos y a quién no?

Y ahora, la turba de hipócritas que ha hundido la educación y despilfarrado recursos sin ton ni son, está preocupada de nuevo por los problemas fundamentales, entre ellos seguramente estarán si hay o no crucifijo en las clases, si se ha puesto o no el belén en las Navidades, si se habla en un idioma o en otro, si se incluye una asignatura con la Historia de la Comunidad de turno o, ¿por qué no?, de la provincia, comarca, ciudad o incluso del barrio que, con unos dirigentes con un nivel de estupidez congénita adecuado, podría llegar a tener himno, bandera y hasta llegar a ser independiente. Esto es lo importante para ellos, para esas minorías ruidosas, como todas las minorías, porque creen que haciendo ruido van a tener más razón. No les resultará importante si los niños aprenden a leer y escribir en condiciones o si entienden los conceptos de la Matemática y comprenden la vida que les rodea.

Esto de leer y escribir será de la escuela antigua, no son conceptos modernos, pero por mucho que le pese a la turba de hipócritas, a mí en ese primer curso de la Universidad me habría encantado que los que estaban allí hubieran sido atendidos en su momento en condiciones y hubieran tenido mayor capacidad para entender los conceptos y para expresar lo que habían aprendido. En aquel momento fue tarde, pero ¿y ahora? ¿Seguiremos adoctrinando desde la política “progre” y absolutamente mediocre que se ha utilizado hasta ahora o seremos capaces de hacer que los alumnos entiendan y se expresen bien para que así puedan afrontar con firmeza y libertad con mayúsculas todo lo que su vida les deparará? Y en la vida complicada que hemos conseguido, unas cosas son difíciles, otras más difíciles y otras extremadamente difíciles, requieren mucho esfuerzo y no vienen caídas del cielo.

Con todo esto, ¿Creen ustedes que es necesario cambiar el sistema educativo? Yo creo que sí… y mucho. Seguiremos hablando de este tema, no cabe la menor duda.

Los nuevos emigrantes

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Lo de la Economía Global no es ninguna broma. Aunque los niveles de globalización, según los expertos, aún son menores de lo que pensamos, se dan algunas facetas que evolucionan con rapidez hacia una pérdida total de fronteras. Lo podemos ver con internet; podemos buscar cualquier conocimiento, producto, servicio o simple curiosidad en cualquier momento, en cualquier idioma y con múltiples finalidades. Esto ha hecho que nos planteemos, como ya advertí en un artículo anterior, que podamos seguir haciendo lo mismo que hacíamos, pero que podamos venderlo en cualquier otra parte del mundo si hay medios para que llegue.

Esto que nos parece una enorme ventaja en el lado de la comercialización, visto desde el lado de los medios de producción, se puede convertir en un gran inconveniente. Claro que eso será según nuestra forma de pensar “no globalizada”. En nuestro mercado hay una necesidad limitada de recursos, mientras que en otros emergentes se necesitan recursos justamente de ese tipo que a nosotros nos sobra. Volvemos a los países emergentes, los de la América Latina, ademas de Rusia, China e India. Estos paises que están en un grado de desarrollo en algunos casos superlativo y que nos recuerdan a nosotros hace algunas décadas, cuando la deuda no nos ahogaba y se podía utilizar el gasto público como motor de la Economía. Algo que hicimos hasta que lo hemos reventado.

Y cuando hablo de recursos productivos, me estoy refiriendo a los humanos, claro está. Los demás pueden tener más arreglo con acuerdos comerciales internacionales para desplazar algunos a estos países o para utilizarlos aquí completando producciones de estas nuevas potencias (hablaremos de esto también en futuros artículos). Tenemos profesionales que ahora no son necesarios en el mismo régimen de trabajo asalariado en España, si bien será necesario también un ajuste inter regional. La solución para estos recursos expertos sólo tiene dos vías: EMPRENDER por su cuenta o SALIR a estas otras economías emergentes.

La teoría es sencilla, pero las dos soluciones necesitan el valor suficiente para ponerlas en práctica. Y las dos dependen de la mentalidad con la que se aborden. La primera de ellas es desarrollar una forma de pensar independiente y arriesgada que nunca se ha apoyado de forma suficiente en este país y que, por la acción de algunas ovejas negras, ha estado en algunos casos hasta mal vista. Este pensamiento tiene reminiscencias en las enormes dificultades que tiene que abordar cualquiera que quiera iniciar una actividad empresarial (permisos, licencias, todas las administraciones posibles pidiendo cosas, etc…)

Pero la segunda, salir al exterior, es aún más difícil en España. Nuestra tradición es trabajar en nuestra ciudad, a ser posible en nuestro barrio o en el centro, y a ser posible en el portal junto a casa. Cambiar de ciudad ha sido siempre un trauma para la gran mayoría y lo de cambiar de país ya era para aventureros, prófugos, gente desesperada o algún que otro especímen “raro”. Pero las cosas han cambiado, y no sólo afectan a los profesionales “reconvertidos”, también a los jóvenes recién licenciados. Profesionales brillantes con futuro, pero no aquí. Creo que debemos ser conscientes de esto. Los miles de estudiantes universitarios que están terminando sus carreras no podrán ser todos absorbidos por el mercado nacional, al menos en las especialidades que han estudiado.

Esta situación nos lleva a varios de los interrogantes que habrá que abordar con respecto a la educación, algo que haré en próximos artículos. La Economía Nacional sólo puede absorber en cada momento un determinado número de profesionales en unos sectores y con unas dedicaciones específicas. Los demás no serán necesarios en aquellas materias para las que han estudiado. Entonces…¿debe cada persona estudiar lo que quiere realmente? ¿aunque luego no tenga salida…y lo sepamos de antemano? Y lo que es más importante para la Economía, ¿debe el Estado financiar estos estudios sin salida en nuestro sistema? Sea como sea, está claro que el Estado, gran padre, debe llegar a un difícil equilibrio para que el sistema educativo, en este caso el superior, funcione y cubra las expectativas del país.

Pero, de lo que se trata hoy es de ser conscientes de que muchos de los universitarios que han terminado recientemente sus estudios o que lo van a hacer próximamente, tendrán que ir a trabajar a una de estas economías emergentes, si realmente están interesados en hacerlo en su disciplina. La alternativa será intentar trabajar aquí, pero en otra cosa que probablemente no tenga nada que ver, no ya con su especialidad, sino con su carrera en general o incluso con su nivel de estudios. Si la persona está satisfecha por los estudios realizados y conforme con trabajar en otra cosa, no habrá problema, salvo la pérdida parcial comunitaria de la inversión realizada en esta persona. Pero si pasa a la EXIGENCIA al “gran padre” de que haya un puesto para ella, que sepa que ni este sistema económico, ni ningún otro puede “pintar” un puesto a su medida porque esto no funciona así.

Miento un poco en realidad, que me perdone el lector. Porque la verdad en los últimos años es que se han “pintado” muchos puestos en las administraciones y empresas públicas y otras entidades político-sociales, que nos han costado el dinero a los contribuyentes. Ya conocemos los resultados, por eso podemos reafirmarnos en que las cosas no funcionan así y sólo deben utilizarse y consumirse los recursos necesarios para la producción y en concreto, los más rentables para la misma.

It's what's for dinner, tonight.

Aquellos universitarios que estudiaron una disciplina por vocación o por pasión o simplemente porque creían que se podrían labrar su futuro ahí, y lo siguen pensando, deben adaptar su mente a este mundo globalizado y considerar como opción la de buscar el trabajo allá donde se necesite su conocimiento. Sinceramente pienso que si personas brillantes deben salir para realizarse profesionalmente, este sentimiento y esta situación deben asumirla con serenidad. Porque será mucho mejor que llegar a irse del país porque se han convertido, como dije antes, en “gente desesperada” que deja atrás una tragedia social.

Siempre estaremos orgullosos de los profesionales que triunfan en el extranjero porque sentimos su triunfo como algo nuestro. Siempre estarán también los que ven el lado negativo y piensan que “vaya país este que no tiene trabajo para su gente” y “vaya inútiles los dirigentes que no saben arreglar esta situación”. Yo estoy mejor entre los primeros. Los que piensan en negativo en España ya los tenemos casi como “ruido de fondo” en nuestras vidas y cada vez les hacemos menos caso. Y el problema del ajuste fino de la educación y los recursos, lo trataré en otro artículo más adelante, cuando yo mismo consiga que mi mente sea más global.

Cerebros cautivos

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Facultad de Economía y Empresariales de Sevilla
Facultad de Economía y Empresariales de Sevilla (Photo credit: Wikipedia)

En una entrada anterior que titulé “Motivación: ¿Ilusión o realidad?” llegaba a la conclusión de que es la auto-motivación la capacidad fundamental a desarrollar por parte de los profesionales en cualquier lugar que se encuentren, porque es la que les llevará a conseguir los más altos logros. Decía también que la empresa, y me refería sobre todo a lo que denominamos “gran empresa”, tiene habitualmente unos mecanismos importantes de desmotivación de sus profesionales, aunque sin generalizar, porque habrá alguna que esté haciendo un esfuerzo por aprovechar al máximo a su gente.

Y estos mecanismos provienen precisamente de su gran tamaño, que hace que todo sea mucho más difícil. Llegar con una propuesta al estamento y persona adecuado, convencer a todos los que te pueden ayudar o se pueden oponer a lo que propones, intentar incluir tu propuesta en unos objetivos, planes, programas, presupuestos, líneas de producción, gamas de productos y servicios, nichos de clientela… Es necesario tanto tiempo para que algo cuaje, que se pone a prueba la paciencia de tal manera que hasta el santo Job se subiría por las paredes. Y además, será casi imposible que nuestra propuesta llegue al final con pocas variaciones. Tanto, que puede que no se parezca en nada. También introduje algo de esto en otra entrada que titulé “¿Cuál es el tamaño ideal de una empresa?”.

Por lo tanto, nos encontramos con cientos de profesionales brillantes incorporados a la disciplina de grandes empresas que consiguen sacar sus ideas adelante a duras penas y no todas. Y estas ideas e iniciativas se están perdiendo para nuestra Economía porque donde se están generando no llegan a materializarse. Estos profesionales son “cerebros cautivos”. Acabarán acomodándose en la rutina de su gran empresa y tampoco se les podrá culpar porque el mínimo esfuerzo y máximo rendimiento es una ley natural adoptada, además, por la Economía, que la lleva en su propia definición.

La Nueva Economía necesita poner a trabajar de forma eficiente a estos cerebros cautivos y sólo con un importante estímulo se puede hacer porque estamos hablando de quebrar aparentemente una ley económica y natural. Pero en los últimos años, ha ocurrido algo que nos ha sacado de la comodidad: la crisis más virulenta que hayamos conocido. Esta situación está llevando a gigantes a regular todo el sobreempleo de unas vacas gordas que se tenían por eternas y muchos profesionales están ahora mismo fuera de esas grandes empresas de mejor o peor manera. De una forma no deseada pero muy efectiva, muchos cerebros cautivos han sido liberados. Les falta un poco de práctica para funcionar de forma efectiva como ellos saben, pero lo harán.

Pero tienen que hacer una reflexión profunda: No deben dejarse cautivar de nuevo. La Nueva Economía necesita más autónomos, freelancers, pequeños empresarios, artesanos y profesionales independientes que estén ligados a su profesión más que a una empresa y si tienen que estarlo a una, que no sea muy grande. De esta forma, hasta las grandes empresas de la Economía saldrán beneficiadas porque cuando necesiten los servicios de estos profesionales que ahora estarán fuera de sus plantillas y su tedio, recibirán ideas con toda la potencia de los cerebros activos.

El estado debe facilitar lo que la crisis ha forzado de forma cruenta. El fomento de la actividad profesional, facilitando trámites y concediendo ayudas que, si no pueden ser directas porque las arcas no lo permitan, que sí sean indirectas con la eliminación de tasas y de algunos impuestos. Puede parecer un contrasentido que se reduzcan los ingresos del Estado de esta forma, pero será la única manera de que a corto plazo vuelvan a crecer por otras vías. La puesta en circulación de los cerebros cautivos de nuestra Economía puede ser un efecto positivo de la crisis. Una catarsis que, desde la misma tragedia, pueda llegar a suponer el bienestar y la satisfacción de una buena e importante parte de la población.

Desahucios: ¿De quién es la culpa?

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Personas

Desde que Aristóteles enunció en su “Ética a Nicómaco” aquello de que en el término medio está la virtud, la idea del equilibrio ha perseguido a la humanidad en todos los aspectos de la vida. Pero a pesar de que reconocemos la veracidad de este antiquísimo principio, nos empeñamos en no hacerle caso de forma sistemática y vamos de un extremo a otro.

Es importante que los dos partidos mayoritarios del arco parlamentario se pongan de acuerdo para actualizar una ley muy antigua y para establecer medidas de urgencia ante la situación de alarma social que se está generando. Pero es importante también que sepamos asumir el origen de las distintas situaciones y reconocer que no todos los desahucios que se producen son iguales, ni su origen tampoco.

Pues de la misma forma que cuando hay un accidente entre un coche y una bicicleta, la tendencia es a criminalizar al conductor del coche (pobre ciclista indefenso), en estos momentos con el tema que nos ocupa también podemos estar criminalizando “sin saber” la realidad de las situaciones. Es posible que el ciclista se hubiera saltado de forma imprudente un semáforo y cruzado una avenida por la que venía el coche de forma correcta. Y es verdad que siempre hay que exigir que los que conducimos vehículos a motor de todo tipo tengamos en cuenta estas circunstancias que puede hacer que otros vehículos de menor peso o peatones salgan muy perjudicados. Pero es inexcusable la total exigencia de responsabilidad que hay que hacer al ciclista o peatón, que debe asumir también las consecuencias de sus actos.

Somos un país de extremos y en el último caso tan sonado de suicidio “por el desahucio”, se trataba de una persona que trabajaba como responsable de recursos humanos de una empresa, y que había sido concejal de uno de los partidos de implantación nacional. Por lo tanto no estamos hablando de una persona sin preparación a la que el maléfico Banco engañó con su hipoteca haciendo que se endeudara hasta las cejas con promesas de un país multicolor y maravilloso donde todo iría bien. Creo que habría que investigar más en los motivos del suicidio de esta persona y no quedarnos sólo con el hecho del desahucio, que, sin duda, también sería uno de los granos de arena de esa montaña.

Hemos alentado la propiedad, la multipropiedad y las propiedades múltiples, es cierto. Pero entrar en el juego es una decisión de cada persona y de cada familia, la situación se ha ido endureciendo con el tiempo y hemos podido tomar medidas y no en todos los casos se ha hecho. Se ha alentado la ambición pero este es un vicio de la persona, no de una colectividad ni de un estado, y es la persona la que puede ponerle freno con una forma distinta de vivir.

Debemos asumir nuestros errores, los que nos llevan a situaciones difíciles. Y desde esta posición de reconocimiento y de humildad, pedir la ayuda necesaria, sí. Y digo pedir, no exigir, porque nadie nos obligó a vivir durante años por encima de nuestras posibilidades con una vanidad que parecía no tener límites. Esta creo que debe ser la postura del peatón o del ciclista de ese accidente.

Y la del conductor, o la de la autoridad que llega al lugar del suceso, ahora será la de aquel que no sin razones en su lado, es capaz de dar una salida digna para que todos sufran lo menos posible y el problema se arregle. Que los daños se repongan cuanto antes y que la vida continúe para todos. Los Bancos pueden aflojar un poco la tensión en la cuerda, porque están recuperando viviendas para al final meterlas en un saco que tampoco tiene salida y que acabarán en el tan traído y llevado “banco malo” por menos de la mitad de su valor. El Estado puede utilizar parte de los millones y millones de fondos destinados a la banca para crear y fomentar el alquiler de forma que todas esas viviendas sin salida puedan ser utilizadas, quizás por sus antiguos propietarios pero en lugar de en una situación de propiedad en una de alquiler que sea razonable para el estado de nuestra economía.

La culpa de los desahucios la tiene todo el que ha intervenido: El Banco (que ahora es el malo de la película, pero que era muy bueno cuando nos dio el crédito) por la ambición sin límites y las prácticas incorrectas que ha realizado, el Estado porque ha mirado para otro lado y ha permitido esas prácticas con un regulador que ha llegado a la ridiculez. Pero una parte importante, fundamental de esa culpa, la tenemos los particulares que, con los cantos de sirena del maldito “Estado del Bienestar”, hemos entrado en un juego de búsqueda sin condiciones de la riqueza material que nos está ahora hundiendo en la mayor de las miserias.

Es necesario que entremos en otra era, en la que usemos la Economía para una mayor realización personal, para apostar por los intangibles que nos hacen más persona, que por lo material que nos inclina a la barbarie.

Difuntos y fiestas

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Hay

Hay un poco de niebla esta tarde noche en el centro, el tiempo fresco ya y de vez en cuando llueve. Qué niebla más rara, cuanto más intensa mejor huele. Bueno, pues resulta que de niebla nada, que era un puesto de castañas. Aprovecharé para comprar un par de euros y acabar con los dedos negros y una sensación reconfortante en el cuerpo.

Es pleno otoño ya, tiempo de los frutos secos, aquel en el que las familias visitaban…y visitan los cementerios para recordar a sus difuntos y dejar todo reluciente. Aunque, hoy en día que quemamos todo, alguno no tendrá que salir de casa para el recuerdo y algún otro tendría que ir a un millón de sitios o a ninguno. Bolsa de nueces y almendras, tabla de madera, un buen martillo y un cuenco para el resultado. Golpe, una abierta, mitad para el cuenco y mitad para adentro… La segunda igual, y la tercera, no sé si ese cuenco se llenará.

Los que se dedican a vender flores esperan el momento para arreglar un poco su economía antes de una de las grandes fiestas que ya va asomando por el camino. Los niños en el colegio ya han cogido ritmo y parece que no existió el verano y la playa, y los mayores… también lo han cogido, porque el año natural es importante, pero como siempre hemos estado estudiando, para la mayoría el año “normal” empieza en septiembre. Y, salvando fiesta nacional y desfiles, esta de los santos y de los difuntos es la primera que, para los que tenemos cierta edad, supone un pequeño alto en nuestra vorágine diaria, supone valorar la vida y a todos los que pasaron por ella y ya no están y, además, celebrarlo con esta cualidad que tiene nuestra especie de encontrar explicaciones y saber ver todo lo bueno que tiene incluso lo que en apariencia es malo.

Teniendo cementerios, tumbas, nichos, urnas, flores naturales o hasta de plástico (qué horror), y además puestos de castañas y almendras, nueces, tablas, martillos y cuencos, y sobre todo, el recuerdo que nos dejó la gente que nos enseñó mil cosas, ¿qué necesidad hay de “zombis” y demás muertos vivientes, brujas, trucos y tratos y unos míseros caramelos? Yo prefiero los muertos propios que los ajenos… pero cuidado, hay que hacer ver a los más jóvenes que los muertos del cementerio no nos hacen nada, somos los vivos los que tenemos la manía de hacer daño.

NOTA: Este artículo quiere ser un homenaje a las familias que partían (y parten) nueces y almendras en “tosantos” y difuntos en el salón, sentados a la mesa-camilla y con el brasero puesto.

Cuando perdemos algo

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La vida te da algunas veces y algunas veces te quita. Nada es permanente y nada seguro salvo el final y la temporalidad a la que estamos sometidos. Pero tenemos costumbres, rutinas y nos gusta acomodarnos. Algunos antropólogos dicen que la rutina mata nuestra libertad, que nos impide tomar decisiones que nos lleven por caminos distintos y puede que mejores. Pero hay que tomar estas palabras con moderación. Sí es cierto que acomodarse limita nuestros campos de actuación, pero también nos facilita buena parte de la vida que sería de otra forma insufrible.

Cuando perdemos algo importante para nosotros, nos invade una sensación de vacío y de inseguridad; de esfuerzos e ilusiones tirados por la borda; de que las cosas no volverán a ser lo mismo e incluso algunas veces de que no podremos seguir adelante.

Inundaciones y terremotos se llevan a veces los bienes acumulados de toda una vida. Las crisis se llevan los trabajos. Y otras circunstancias alejan de nosotros a las personas que queremos. Pero vuelve a salir el sol al día siguiente. Millones de seres siguen en la rueda de la vida que no se para por los problemas de ninguno de ellos.

Pero nada se pierde del todo. Volviendo a los antropólogos, en su método de investigación, dicen que muchas veces en el viaje a otra cultura, el camino es más importante a veces que el propio destino. Según esto, para las cosas materiales, las menos importantes, nos queda el uso que les dimos, las satisfacciones o disgustos que obtuvimos de ellas, en definitiva, la experiencia de su uso que irá a parar de una forma desordenada a nuestro cerebro para cuando nos haga falta recordar en una situación parecida o en nuestra relación con algo similar.

Sunset on the Cuando

Cuando se trata de personas todo se complica. Además de la materialidad del cuerpo, que perdemos de vista, las personas somos capaces de transmitir sensaciones, sentimientos de afecto o de odio, de complicidad o desapego, de alegría o tristeza. Cuando perdemos a alguien que nos importa también nos quedan estímulos del viaje “a ninguna parte” que hayamos realizado con esa persona, aunque con seguridad la idea del final de ese viaje nos pueda parecer aterradora.

Habremos aprendido mucho, habremos disfrutado, nos habremos entristecido por las mismas cosas, habremos sabido dar y recibir ayuda en momentos difíciles y un sinfín de sentimientos más que se entremezclan en una relación humana… pero vuelve a salir el sol al día siguiente.

Cuando llega ese día siguiente y con el sol en todo lo alto, volveremos a pensar en lo bueno o lo malo que ocurrió, en porqué las cosas fueron como fueron, en lo que cada uno fue capaz de aportar. Con calma y viendo la vida venir. La vida que sigue y en la que no contaremos ya con esa persona. Pero sí con las vivencias, con los sentimientos que forman parte ya de nosotros, con aquello que aprendimos de ella. Y si nos aturde la tristeza o, peor aún, el odio, la primera misión de ese nuevo día será desterrarlos, porque estos son sentimientos que no ayudan a nada y que no nos dejarán afrontar el resto de nuestra vida disfrutando lo que supimos vivir antes en la compañía que se perdió.