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Cuando perdemos algo

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La vida te da algunas veces y algunas veces te quita. Nada es permanente y nada seguro salvo el final y la temporalidad a la que estamos sometidos. Pero tenemos costumbres, rutinas y nos gusta acomodarnos. Algunos antropólogos dicen que la rutina mata nuestra libertad, que nos impide tomar decisiones que nos lleven por caminos distintos y puede que mejores. Pero hay que tomar estas palabras con moderación. Sí es cierto que acomodarse limita nuestros campos de actuación, pero también nos facilita buena parte de la vida que sería de otra forma insufrible.

Cuando perdemos algo importante para nosotros, nos invade una sensación de vacío y de inseguridad; de esfuerzos e ilusiones tirados por la borda; de que las cosas no volverán a ser lo mismo e incluso algunas veces de que no podremos seguir adelante.

Inundaciones y terremotos se llevan a veces los bienes acumulados de toda una vida. Las crisis se llevan los trabajos. Y otras circunstancias alejan de nosotros a las personas que queremos. Pero vuelve a salir el sol al día siguiente. Millones de seres siguen en la rueda de la vida que no se para por los problemas de ninguno de ellos.

Pero nada se pierde del todo. Volviendo a los antropólogos, en su método de investigación, dicen que muchas veces en el viaje a otra cultura, el camino es más importante a veces que el propio destino. Según esto, para las cosas materiales, las menos importantes, nos queda el uso que les dimos, las satisfacciones o disgustos que obtuvimos de ellas, en definitiva, la experiencia de su uso que irá a parar de una forma desordenada a nuestro cerebro para cuando nos haga falta recordar en una situación parecida o en nuestra relación con algo similar.

Sunset on the Cuando

Cuando se trata de personas todo se complica. Además de la materialidad del cuerpo, que perdemos de vista, las personas somos capaces de transmitir sensaciones, sentimientos de afecto o de odio, de complicidad o desapego, de alegría o tristeza. Cuando perdemos a alguien que nos importa también nos quedan estímulos del viaje “a ninguna parte” que hayamos realizado con esa persona, aunque con seguridad la idea del final de ese viaje nos pueda parecer aterradora.

Habremos aprendido mucho, habremos disfrutado, nos habremos entristecido por las mismas cosas, habremos sabido dar y recibir ayuda en momentos difíciles y un sinfín de sentimientos más que se entremezclan en una relación humana… pero vuelve a salir el sol al día siguiente.

Cuando llega ese día siguiente y con el sol en todo lo alto, volveremos a pensar en lo bueno o lo malo que ocurrió, en porqué las cosas fueron como fueron, en lo que cada uno fue capaz de aportar. Con calma y viendo la vida venir. La vida que sigue y en la que no contaremos ya con esa persona. Pero sí con las vivencias, con los sentimientos que forman parte ya de nosotros, con aquello que aprendimos de ella. Y si nos aturde la tristeza o, peor aún, el odio, la primera misión de ese nuevo día será desterrarlos, porque estos son sentimientos que no ayudan a nada y que no nos dejarán afrontar el resto de nuestra vida disfrutando lo que supimos vivir antes en la compañía que se perdió.

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Otra vez el Fin del Mundo

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Un mundo aterrado por el Juicio Final que sobrevenía a todo ser viviente. Era el año 999. Aquí estamos todavía los humanos acompañados de casi todos los demás seres de la creación, ya que algunos de ellos en el siguiente milenio no tuvieron tanta suerte y fueron exterminados, no por ningún juicio final sino por la acción del hombre.

Después de varios intentos más de forzar la bajada del telón a lo largo de la Historia, llegamos a la de este año 2012, el 21 de diciembre. Aunque los propios descendientes de los Mayas ya han dicho que no se acaba el mundo, muchos agoreros insisten en darle vueltas al tema.

Otros, los que ven el negocio en todo y pasan su vida pensando sólo en el dinero, ya han organizado incluso viajes para que algunos “privilegiados” paguen por ver en directo el fin del mundo y puedan estar ese día en alguna de las pirámides esperando a… ¿a que van a estar esperando? ¿a que les caiga un meteorito y tengan el honor de morir aplastados por la causa del fin del mundo? Seguramente esperarán a que no pase nada; pero bueno, sin duda habrán tenido una excusa magnífica y muy esotérica para ir a centroamérica y ver algunos paisajes envidiables.

Lo que sí parece cierto es que se está produciendo un cambio de ciclo muy importante. Pero para esto no hay que esperar al día que indicaba el calendario Maya, ya llevamos tiempo viviéndolo. Una gran crisis es esto, el cambio de ciclo en el que las cosas han de verse de otra forma, en el que debemos pararnos “un momento para pensar” en cómo hemos dejado que las cosas llegaran a este punto.

Las crisis económicas que hacen tambalearse a todos los sistemas no son sólo económicas en realidad. Detrás siempre está una gran crisis social y de valores y la economía acaba siendo el reflejo, de la misma forma que el cuerpo acaba manifestando con enfermedades las debilidades del alma.  Pero siempre hay que avanzar porque la tierra sigue dando vueltas de la misma forma, con permiso de los meteoritos del día 21, y de nada sirve quedarse parado a esperar. Es necesario pensar en nuestras creencias y fortalecer nuestros valores fundamentales para seguir viviendo con más consistencia, con más consciencia de la vida en sí.

Hay que arreglar primero, esa debilidad social y de valores, y después, la economía. Y no caigamos en el desaliento porque muchas de las cosas que hemos hecho en estos años pasados sí que han servido y han supuesto avances. No todo han sido burbujas y ambiciones, también han existido el trabajo bien hecho y los logros aunque se hayan visto involucrados en la vorágine de desprestigio, malas prácticas y gestión nefasta de algunos sectores como el financiero.

Y para seguir adelante contamos con todo ese trabajo bien hecho y esos logros del último decenio. Aprovechemos todo lo avanzado para crear nuevas estructuras políticas y sociales, nuevas formas de trabajo, nuevas relaciones en la economía, o volvamos a alguna antigua si es necesario, pero siempre con la humildad y la generosidad que nos enseñan los malos momentos.

En próximas entradas hablaremos sobre estas herramientas nuevas que nos deben ayudar a salir de la oscuridad.