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Difuntos y fiestas

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Hay

Hay un poco de niebla esta tarde noche en el centro, el tiempo fresco ya y de vez en cuando llueve. Qué niebla más rara, cuanto más intensa mejor huele. Bueno, pues resulta que de niebla nada, que era un puesto de castañas. Aprovecharé para comprar un par de euros y acabar con los dedos negros y una sensación reconfortante en el cuerpo.

Es pleno otoño ya, tiempo de los frutos secos, aquel en el que las familias visitaban…y visitan los cementerios para recordar a sus difuntos y dejar todo reluciente. Aunque, hoy en día que quemamos todo, alguno no tendrá que salir de casa para el recuerdo y algún otro tendría que ir a un millón de sitios o a ninguno. Bolsa de nueces y almendras, tabla de madera, un buen martillo y un cuenco para el resultado. Golpe, una abierta, mitad para el cuenco y mitad para adentro… La segunda igual, y la tercera, no sé si ese cuenco se llenará.

Los que se dedican a vender flores esperan el momento para arreglar un poco su economía antes de una de las grandes fiestas que ya va asomando por el camino. Los niños en el colegio ya han cogido ritmo y parece que no existió el verano y la playa, y los mayores… también lo han cogido, porque el año natural es importante, pero como siempre hemos estado estudiando, para la mayoría el año “normal” empieza en septiembre. Y, salvando fiesta nacional y desfiles, esta de los santos y de los difuntos es la primera que, para los que tenemos cierta edad, supone un pequeño alto en nuestra vorágine diaria, supone valorar la vida y a todos los que pasaron por ella y ya no están y, además, celebrarlo con esta cualidad que tiene nuestra especie de encontrar explicaciones y saber ver todo lo bueno que tiene incluso lo que en apariencia es malo.

Teniendo cementerios, tumbas, nichos, urnas, flores naturales o hasta de plástico (qué horror), y además puestos de castañas y almendras, nueces, tablas, martillos y cuencos, y sobre todo, el recuerdo que nos dejó la gente que nos enseñó mil cosas, ¿qué necesidad hay de “zombis” y demás muertos vivientes, brujas, trucos y tratos y unos míseros caramelos? Yo prefiero los muertos propios que los ajenos… pero cuidado, hay que hacer ver a los más jóvenes que los muertos del cementerio no nos hacen nada, somos los vivos los que tenemos la manía de hacer daño.

NOTA: Este artículo quiere ser un homenaje a las familias que partían (y parten) nueces y almendras en “tosantos” y difuntos en el salón, sentados a la mesa-camilla y con el brasero puesto.