Banca

La confianza perdida en las Entidades Financieras

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De entre todas las pérdidas que han sufrido las entidades financieras de este país en los últimos años, hay algo que destaca sobremanera: Han perdido la confianza de los clientes y de la sociedad en general y esto es bastante más importante que las inversiones en ladrillo que ya no se saben cómo atacar, pero que al fin y al cabo no son más que un hecho económico que sanear de su balance, que pasará en más o menos tiempo y de lo que se podrán recuperar según las habilidades que cada una aplique.

Hace años, los clientes iban a su entidad financiera a consultar a los empleados de la oficina, en general o a alguien en concreto, cosas que en algunos casos nada tenían que ver con la actividad financiera que les resolvía dicha entidad. Cualquier aspecto casi de su vida en el que intervenía un flujo monetario era susceptible de consultar a su asesor ,o más que asesor amigo, de confianza de la oficina. Se sucedían así preguntas sobre una carta que le había enviado Hacienda, qué coche podría venir mejor a la familia o qué hacía con las vacaciones.

En realidad este tipo de preguntas (y sus correspondientes respuestas) hacía que las entidades financieras estuvieran presentes como factor de firmeza y confianza en la vida de las personas, y en esto siempre tuvieron más fama las Cajas que los Bancos. Bien, pues este activo, esa penetración en la vida de las personas, ha sido la más importante posesión que se ha tenido para poder hacer luego los negocios, para atraer el pasivo, conceder créditos y, ahí comenzaron los problemas, “colocar” todo tipo de productos.

La ambición sin límites de las cúpulas de estas entidades ha hecho que para crecer y crecer, y ganar más y más, se hayan tenido que poner en práctica dos tipos de actuaciones lamentables. La primera la pérdida de la prudencia en el crédito, error de libro para los financieros bancarios. Se han concedido créditos por encima de las capacidades de pago de las familias, amparándonos en que había suficiente garantía o mejor dicho, suficiente evolución al alza en el valor de la garantía (el ladrillo tan traído y llevado).

Pero la segunda actuación fue aún peor; la venta de productos financieros tan complejos, que en algunos casos yo dudo que muchos de los empleados de banca que los estaban vendiendo supieran de forma cierta el alcance de los mismos. Demasiado complicados para el tipo de clientela de muchos de los segmentos en los que se “colocaron”. Pero había objetivos que cumplir para crecer y crecer y ganar y ganar.

Ahora, esta confianza se ha venido abajo, y las entidades financieras se han convertido en unas empresas vulgares, mal vistas y que han ido tapando sus errores, su pérdida de confianza y sus agujeros económicos con fusiones que parecían poner una cortina de humo en todo lo que había pasado: Borrón y cuenta nueva.

Queda un importante camino por andar. Porque una economía no se puede permitir el lujo de que su gente no tenga confianza en sus entidades de crédito. Porque estas entidades son un punto de referencia muy importante que da solidez y tranquilidad a las personas, y eso ahora no es así. Las entidades financieras, además de sanear balances y realizar la reconversión del sector, lo mismo que hicieron la siderurgia o los astilleros, tienen un trabajo pendiente muy difícil que realizar pero totalmente imprescindible: Recuperar la confianza de la gente. En un próximo post, hablaré de cómo entiendo yo que debería abordarse.

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